¿Por qué me gustan los videojuegos retro?

¿Por qué me gustan los videojuegos retro?

Me hago esta pregunta prácticamente cada día. He llegado a pensar que me siguen gustando porque forman parte de una época de mi vida en la que no sabía lo que eran problemas, ni tenía más responsabilidad que la de no quedarme dormido en clase. También he pensado que me gustan porque los asocio al sabor de las torrijas que preparaba mi abuela, al de los chicles que vendían en el kiosco que había debajo de mi casa y no he vuelto a probar, al regaliz de palo, a todos los que ya no están, y a aquellos días de escuela en los que se me ponía cara de imbécil cada vez que veía a esa chica de ojos dulces que no tenía ni idea de que yo hubiese dado lo que fuera por tener mi nombre escrito en un solo renglón de su diario.

Me gustan porque evocan un tiempo pasado que no fue el mejor, pero fue mío. Me gustan porque puedo volver a permitirme mirar con los ojos de un niño.

¿Qué leches? Me gustan porque eran y son cojonudos.

Spectrum 48k

Mis comienzos.

En mi caso todo empezó con un juego en el que no había muñequitos pululando por la pantalla ni se controlaba con un joystick, uno en el que no había disparos, ni podías presumir ante tus amigos de habilidad, reflejos, o precisión, porque no te hacían falta. Tan solo necesitabas imaginación y paciencia, a raudales, eso sí.

La aventura conversacional es, a mi modo de ver, esa chica gordita con la que nadie quiere bailar. Marginada en un rincón, relegada, invisible, pero que, cuando le das la oportunidad, resulta ser agradable al principio, encantadora un rato después y, a medida que va pasando el tiempo, consigue algo que no esperas; seducirte más y más. Tanto como para hacerte olvidar por completo a la escultural rubia que te espera al final de la barra. Vale, a lo mejor nos hemos venido un poquito arriba.

Mi primera “gordita” hablaba inglés. No era ni siquiera quinceañero cuando la encontré, o debiera decir quizá, para ser justos,  que fue ella la que dio conmigo. Apacible, paciente, esperó su momento. Me abordó, me ató con papel de seda. Tardó, pero lo hizo. Mitad mujer y mitad sueño.  –Suéltate cuando desees – dijo -. Suéltate, eres libre – pero, ¿cómo alejarte del papel de seda cuando el plástico de burbuja es lo único que te espera? (Bueno, eso y la rubia).

Caratula HobbitLlegó en el 82, aunque tuvo que esperarme, un par de años al menos.  La recuerdo bien. Allí seguía, tras tanto tiempo, junto al resto de mis anhelos, en aquél escaparate, tras un cristal plagado de huellas infantiles frente al que, aunque aún no tenía ordenador, ni modo de conseguirlo, día tras día me paraba al salir del colegio. Cada casete que allí había conseguía que mi imaginación crease mundos, personajes, arriesgadas aventuras donde el bien y el mal se enfrentaban en constante y eterna lucha. Todas aquellas pequeñas cajas me parecían perfectas, todas, pero mi favorita era ella. Fue amor a primera vista. No sabía lo que contenía, lo que guardaba para mí, pero tenía dos cosas que llamaban poderosamente mi atención, que me fascinaban: compartía título con un libro que me encantó cuando lo leí siendo pequeño (más pequeño) y, por si fuera poco, en la carátula aparecía un colosal dragón alado que, en mi mente, escupía fuego y sembraba el pánico por doquier. Aquel juego era “El hobbit”.

Llegó el día. Entre lo poco que pude ir ahorrando y el sacrificio de mis padres, al final lo conseguí. Me encontraba alegre y expectante frente a un mostrador en el que descansaba una caja negra, enorme a mis ojos, que contenía, según el dependiente, un flamante Sinclair ZX Spectrum con microprocesador Zilog Z80A a 3,5 MHz, configurado con 48 kB de RAM y 16 kB de ROM  (lo que comúnmente se conoce como “un gomas”). A su lado, ya dentro de una bolsita de plástico, el gigantesco dragón me incitaba a liberarle. – El juego te va a encantar – sentenció el comercial-. Es buenísimo, y si has leído el libro, te gustará todavía más – Se le olvidó indicar que no estaba traducido, seguramente porque tenía de videojuegos exactamente los mismos conocimientos que yo de física cuántica, aunque, conociéndome, estoy prácticamente convencido de que Smaug habría venido conmigo de todos modos.

El camino de regreso a casa se hizo largo, extremadamente largo, el resto supongo que es obvio, y contarlo innecesario. Todos hemos sentido esa emoción, o una muy semejante, al desempaquetar algo que llevábamos tiempo deseando. Ese subidón ante un sueño cumplido.

No sin ayuda, conecté todos los cables, introduje la cinta en el radiocasete y esperé sin dejar de mirar la pantalla un instante, salvo para observar la mirada de mi padre, que me acompañaba sonriente y tranquilo, lejos del sentimiento mezcla de nerviosismo y felicidad que me envolvía.

Pantalla Hobbit

Al terminar la carga apareció ante mí una habitación, dibujada con rudimentarios gráficos, en la que podía ver un cofre y una puerta al fondo. Quizá por la desbordante imaginación que se le presupone a un niño, esa que absurdamente después casi todos perdemos, sentía como si estuviese allí, como si pudiese abrir ese cofre o agarrar el pomo de la puerta y girarlo. Veía a los personajes, podía hablar con ellos, sentirlos.

En la parte inferior de la pantalla un mensaje intentaba explicarme varias cosas: que Gandalf me hacía entrega de un mapa, que Thorin quería marcharse, y que avanzar en aquel juego iba a resultar demasiado complicado para un crío sin conocimiento alguno de inglés.

Aquella puerta de color gris, que la descripción se empeñaba en decirme que era verde, me miraba desafiante, socarrona. Me costó, pero la crucé. Fui tenaz, constante. Conseguí un diccionario, dibujé un mapa, tomé notas, tomé más notas, llené cuadernos. La mitad de las veces no sabía lo que estaba haciendo, ni siquiera ahora tengo claras muchas cosas, pero de algo estoy seguro; disfruté cada segundo.

Nunca llegué a terminarlo. Quizá mañana…

Written by: Cropan

6 Comentarios Added

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  1. Vaya, ¡qué recuerdos! Yo también pasé por la fase de jugar a ese mismo juego: The Hobbit. Aunque por lo que he leído, tú aguantaste bastante más que yo. A mi me costo horrores salir de la primera habitación y no avance mucho más. El handicap del idioma y la falta de experiencia (era mi primera aventura conversacional), me hicieron abandonar muy pronto este juego.

    Como eres, eso de esperar la mínima oportunidad para poner una foto del Spectrum…. El artículo, pues como siempre, me ha encantado. Eso sí, si al final te decides a jugar el juego espero que nos cuentes tu experiencia por en forma de otro de tus geniales artículos.

    Un saludo y celebro tu vuelta. Aprovecho para decir que me gustaría leer las nuevas aventuras de Agapito.

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  6. Yo también lo disfruté como dices. Y aprendí más ingles que en cualquier clase en el colegio. También aprendí a teclear muy rápido. Lo logré acabar gracias a una guía. Gran juego y grandes recuerdos !!

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