Personajes entrañables – Bebé Jack

Durante mi tierna infancia fui lo que se llama un querubín: Pelito claro, ojos dulces y sonrisa angelical, además de paciente, considerado y con una educación de la cual mis padres se sentían profundamente orgullosos.

Hoy en día todo aquello ha desaparecido. Mi pelo ha oscurecido, el uso continuado de gafas ha conseguido afear mis ojos y, mi sonrisa, a pesar de seguir siendo la misma, ya no consigue el mismo efecto. Mi paciencia nunca dura demasiado, me da igual ocho que ochenta y, bueno, que disperse flatulencias a discreción sin importar si hay señoras delante, no dice mucho a favor de mi educación, sinceramente.

La metamorfosis se produjo en 1986, cuando Greg Holmes me mostró el camino a seguir diseñando un juego en el que, como único objetivo, debíamos causar el mayor número de travesuras posible, intentando, lógicamente, salir impunes. Acababa de nacer (nunca mejor dicho) un nuevo héroe. Vale, enano, pero héroe.


JACK THE NIPPER

Gremlin graphics utilizó para su publicación un curioso juego de palabras con la palabra «Nipper», que significa «chiquillo» y el seudónimo del legendario asesino en serie de Whitechapel, «Jack the ripper», en Inglés.

Una vez cargado el juego (benditos emuladores), aparecemos en nuestra habitación, donde pululan libremente fantasmas y alienigenas. Un guiño a esos temores infantiles que aún habitan en nuestros armarios y se esconden bajo nuestra cama. De hecho, en mi caso solo falta Torrebruno.

Allí mismo, escondido en el estante más alto encontraremos, junto a un osíto y una pelota, un artefacto más acorde a nuestra condición de gamberro patológico: Un canuto. De los de toda la vida. De esos de bolígrafo Bic, como los que usábamos de críos para masacrar indiscriminadamente con granos de arroz, bolitas de papel, o cualquier otra munición a nuestro alcance, a las féminas de la clase. Otra variación eran los lanzagarbanzos que, fabricados a partir de materiales tan cotidianos como un globo, una goma elástica y el cuello de una botella de plástico, generalmente de leche, causaban que, con solo verlo aparecer, las chicas saliesen corriendo mientras daban grititos histéricos. Claro, que eso fue antes de que les saliesen pechos y nuestros andrógenos se disparasen. A partir de entonces los masacrados hemos sido nosotros.

Armados, ahora sí, con nuestro flamante canuto, nos aventuraremos por las calles de la ciudad, donde nos dispondremos a sembrar el pánico, siempre atentos a los peligros ya que, para un renacuajo como Jack, cualquier cosa es más grande que él, como un gato o un niño de más edad, sin contar con que los adultos están empeñados en devolvernos a casa a base de azotes en el culo y si nos atrapan perderemos un porcentaje de nuestras cinco valiosas vidas.

Para poder acabar el juego deberemos aumentar, perrería tras perrería, el indicador de nuestro «Traviesómetro» hasta que llegue a marcar el 100%. Existen 22 objetos distintos para conseguirlo, de los que, si quitamos los 8 que deberemos simplemente romper (1 busto, 1 chupete, 4 platos y 2 ositos de peluche), y nuestro querido canuto, nos quedan 13 más con los que ingeniar los más crueles actos de terrorismo infantil. A saber: Una bocina, un tubo de pegamento, unas pesas, un diskette de ordenador, un cubo de detergente, un herbicida, un saco de fertilizante, una barra de plastilina, una pila eléctrica, una tarjeta de crédito, una bomba, un orinal y una llave. Yo no se a vosotros, pero a mi, con semejante arsenal, se me ocurren tremendas barbaridades.

En el pueblo hay museo, cuartel de policía, banco, guardería, parque, una fábrica y varios tipos de espacios físicos donde, a cambio de una contraprestación económica, la gente puede adquirir bienes o servicios. Vamos, para los de la LOGSE, lo que viene a ser una tienda. Además existe un buen número de pasadizos secretos que, ocultos detrás de los radiadores, comunican varias partes del pueblo entre sí, aunque solo podremos acceder a ellos si disponemos del objeto adecuado. Venga, seré bueno. Es la llave.

Si con todo esto no te entran unas ganas irrefrenables de jugarlo es que en lugar de sangre tienes horchata, o que estás hecho de cartón piedra. Nunca se sabe. Yo, cuando por aquella época leí la reseña en Microhobby, fui desde mi casa hasta la tienda de videojuegos sin dejar de frotarme las manos, imaginando la cantidad de destrozos que iba a provocar y con una palabra resonando en mi cabeza: CAOS. Una letra por neurona. No había para más.

Gráficamente la calidad es alta y con un aspecto simpático. Los escenarios están plagados de detalles, los personajes parecen sacados de un tebeo y, aunque se muevan ortopédicamente, cosa bastante común por otra parte, no afecta a la diversión. El sonido, sin ser una maravilla, cumple a la perfección. El manejo es correcto, aunque en ocasiones un poco complicado, sobre todo cuando intentamos escalar en algunos lugares o con la absurda manía de obligarnos a usar «Enter» para cruzar las puertas.

En cuanto a la jugabilidad, decir que este juego tiene, para variar, una dificultad que en los años 80 se dio por llamar «reto» es decir, difícil que te cagas, pero que, una vez que le hemos pillado el tranquillo, consigue que pasemos unos ratos muy entretenidos haciendo todas esas barrabasadas que siendo niños soñamos hacer pero que, por cobardía, nunca nos atrevimos.

Tan solo añadir que, como ya habréis podido suponer, toda la descripción del principio referente a mi actualidad es ficticia. Sigo siendo guapo, inteligente, agradable, cariñoso, rico y con mas paquete que la central de Seur. Un partidazo.

JACK THE NIPPER II

Un año después de la popularmente llamada: «Hecatombe del niñato», también conocida como: «La ca liao er crío loh cohone» (En Inglés lo escribo, para que veáis que se idiomas), el gobierno Británico decide expulsar del país a nuestro amigo y a toda su familia, y enviarlos, vía aérea y sin billete de vuelta, a las antípodas, donde Jack no pueda causar más problemas. Pobres ilusos.

En pleno vuelo, al niño no se le ocurre otra cosa que abrir la compuerta y lanzarse al vacío utilizando su pañal como paracaídas, yendo a caer en el centro de una isla para desgracia de la vida autóctona. Sus padres se miran con resignación y, mientras él se prepara para lanzarse en su busca, ella suspira: «Habrá que quererle igual. Digo yo».

Aunque continúa manteniendo su estilo, cambiamos de genero, encontrándonos con un juego de plataformas en el que sigue siendo imprescindible hacer la puñeta para terminar el juego, pudiendo realizar gamberradas tales como usar cebollas para que las hienas dejen de reír y acaben llorando, asustar a los elefantes soltando ratones a su lado o engrasar las lianas para que un Tarzan metrosexual se deje los dientes contra un árbol.

Al igual que sucedía en su primera parte, solamente podremos cargar con dos objetos al mismo tiempo, aunque esta vez uno de ellos deberá ser obligatoriamente un arma o un escudo, utilizando un coco en esta ocasión, ya que intentar deshacernos con un canuto de los numerosos enemigos que pueblan la isla sería una soberana estupidez (Mucho mejor el coco, donde va a parar. Si me dan a escoger entre un coco o un fusil AK-47 le dan por saco al Kalashnikov. Nos ha jodío).

Encontraremos, entre otros muchos peligros, leones, rinocerontes, plantas carnívoras, murciélagos, serpientes y una tribu de pigmeos con una mala leche inversamente proporcional a su tamaño. Deberemos huir también de un cazador empeñado en capturarnos y del padre de Jack, ya que si nos atrapa cualquiera de los dos, acabaremos con unos buenos correazos en las nalgas. Esta vez no dispondremos de munición infinita, sino que se irá agotando a medida que disparemos. Afortunadamente podremos ir recogiendo más cocos, escudos que nos otorgarán inmunidad temporalmente y chupetes que nos sumarán una vida extra.

Al comienzo de cada partida podremos aparecer en distintos lugares aleatoriamente, lo cual ayuda, al menos al principio, a visitar más pantallas. Para desplazarnos podremos utilizar escaleras, lianas, balsas, vagones, tirolinas, e incluso las ramas de los arboles para trepar por ellas, teniendo cuidado de no caer desde gran altura o darnos un coscorrón contra algún saliente afilado. El agua tampoco nos sienta demasiado bien, así que deberemos estar atentos para no caer a ríos, lagos, arenas movedizas y demás cosas húmedas o mojadas. Además nada de fuego. Nos mata. Caca directamente.

Gráficamente, Terry Lloyd consiguió dar al juego un aire alegre y un colorido muy apropiado. En esta ocasión el movimiento es fluido, con un manejo cómodo y sencillo y, a pesar de que sigue sin ser un juego fácil, es ahora más sencillo avanzar por el mapeado, dándonos una amplia sensación de libertad. El sonido, al igual que en la primera entrega, cumple su cometido, siendo muy superior en las versiones de Amstrad y Commodore, donde, entre otros detalles, hay un sonido característico para cada objeto que cojamos o usemos, haciendo, todos ellos, que esbocemos una sonrisa al escucharlos.

La melodía que podemos disfrutar en el menú es «Baby elephant walk» de Henry Mancini. Sí, ese. El de la pantera rosa y desayuno con diamantes. Adaptada para la ocasión por Ben Daglish, todo un icono en la escena C64 y, actualmente, un multi-instrumentista muy respetado dentro del panorama celta, que milita, entre otras, en bandas como: Loscoe state opera, Thee na shee, Pinky umbrella, o Cold flame, banda tributo a Jethro tull.

En general «Jack the nipper in coconut capers» es un juego muy ameno, bastante más accesible que el primero y, aunque a la larga los dos son igualmente entretenidos, personalmente me quedo con este último, quizá porque, como ya he dicho antes, resulta relativamente fácil ir avanzando por las pantallas y además su estilo plataformero me atrae bastante más.

JACK THE NIPPER III

En el año 2005 y después de tres años de trabajo, Spellcraft Entertainment Studio, o lo que es lo mismo, Paulo Teixeira, sacó a la luz un último capitulo, pero vamos, que lo sacó de refilón, porque este tercer juego, programado en Turbo Pascal y modificado gráficamente en el 2010, aún no ha llegado a ser publicado de modo oficial ni hay disponible versión jugable alguna.

Según el autor, ha querido homenajear al segundo episodio con este Jack the nipper 3, en el que deberemos vagar por más de 300 pantallas reuniendo y engarzando las 30 partes de un medallón que se hayan diseminadas por toda la selva, pudiendo de este modo abrir una sala secreta en la que se halla escondido un tesoro. Así, sin anestesia ni nada.

Aunque aparentemente es un remake, lo cierto es que, aparte de compartir el concepto y los gráficos de algunos enemigos, tiene muy poco que ver con su antecesor.

Esperemos que pronto sea liberado el juego. De momento, y a pesar de haber peinado toda la red, las únicas imagenes disponibles, y con ellas los datos que he podido recopilar, se encuentran en el siguiente vídeo: http://www.youtube.com/watch?v=XhOkptnOcUs

PARA FINALIZAR…

Hasta ahora he hablado sobre el Spectrum, seguramente porque siempre me ha llamado la atención que de un ordenador tan «cutre» sean capaces de surgir semejantes obras de arte. El resto me daban la sensación de que lo tenían más fácil, de que no tenían mérito. Muchos de los juegos sobre los he escrito y escribiré fueron publicados en varias o todas las plataformas, pero en mis artículos, aunque a veces comente algún pequeño dato sobre otras versiones, tanto análisis como imagenes corresponden a su versión ZX. Esto es así, no por convicción, sino por inercia, y quiero pedir disculpas si alguien se ha sentido molesto o discriminado por ello.

Tengo la intención de seguir haciéndolo, aunque también la tengo de escribir sobre juegos, exclusivos o no, de otros ordenadores y, ¿porque no? de sistemas electrónicos de entretenimiento para el hogar ya sean de sobremesa o con una pantalla de visualización integrada, que ejecutan juegos electrónicos contenidos en cartuchos, discos ópticos, discos magnéticos o tarjetas de memoria. Que se jodan los de la LOGSE.

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Written by: Cropan

fasebeta.net

faseßeta.net es lo que pasa cuando coges el cerebro de unos pocos jugones (bueno, la mitad que no usamos para jugar), lo mezclas con ganas de compartir con los demás, esfuerzo, dedicación, buen humor y una pizca de ron, y lo agitas todo en una coctelera.