Ramón Rodríguez

Antes de comenzar, os recuerdo que cada uno de los textos en “negrita” esconde una imagen o un enlace. ¿Ya estamos todos? ¿Tenéis la coca cola y los ganchitos? Pues hala, vámonos.

Caratula

Soy músico. No lo pone en mi DNI ni hay nadie que me lo recuerde, pero lo siento en las tripas. Lo que me corre por la sangre no es talento ni habilidad, es una necesidad, un grito.

Llevo como músico en activo desde los 13 años y tengo 42. Ha llovido. He conocido a muchísima gente dedicada a esto: Técnicos, productores, promotores, managers, críticos… He conocido a músicos famosos y a otros anónimos que les dan mil vueltas. He conocido lo bueno, lo malo y lo peor del negocio. Digo esto para que quede constancia de que sé perfectamente de lo que estoy hablando cuando enuncio y respondo la siguiente pregunta…

¿Qué es lo que más le gusta hacer a un músico?

Habréis escuchado una y mil veces que, sobre todas las cosas,  adoramos subirnos a un escenario. Ese subidón de adrenalina incomparable. Esa sensación que, junto a irse de putas, todo el mundo debería sentir al menos una vez. Otros os dirán que prefieren la “tensión relajada” (tócate los huevos) de un estudio de grabación. ¡¡¡Falacias, mentiras!!! Si existe algo en esta vida que a los músicos nos gusta, y que verdaderamente disfrutamos es, por mucho que nos moleste reconocerlo, criticar al resto de la gente que tiene el valor de subir a un escenario a tocar un instrumento. Es como soltar un cervatillo en medio de una jauría de lobos. Nada más verlo ahí arriba se nos empieza a poner una vena roja en la frente y no paramos hasta que lo hemos despellejado vivo y, como sea novato, “no te digo ná y te lo digo tó”. Si estáis en un concierto y escucháis a alguien entre el público decir frases como: “Mira, el guitarrista se ha equivocado” o “Que malo es el batería”, podéis estar seguros de que es músico. Lo realmente curioso es que cuanto peor es la calidad de quien pronuncia la crítica, más crueles suelen ser las frases. Vamos, como dirían nuestras abuelas, que siempre habla el que más tiene que callar.

Algo que nos encanta también es presumir de nuestro equipo. Por ejemplo, es muy frecuente entre nosotros escuchar frases del tipo: “Me juego mi Gibson Les Paul Custom 1959 Heritage Cherry Sunburst de dos tonos, con cuerpo de caoba, diapasón de ébano con incrustaciones de madreperla y pastillas Humbucker 498T y 490T,  a que no tienes pelotas de tocarle el culo a la morena esa”. ¿Os parece una descripción desmesurada? Os aseguro que he escuchado algunas peores y merecedoras de un buen par de ostias que acompañasen la frase: “¡¡¡Que eres muuuuuu tonnnnnnto!!!”.

Finalmente, una cosa que nos vuelve completa y absolutamente locos es ESTO. Aunque, ahora que lo pienso, semejante despliegue nos gusta seamos músicos, bomberos, dentistas o ingenieros de caminos. Podemos discutir, podemos tener diferencias irreconciliables. Fútbol, política, mamoneos varios, pero a la hora de meterla en adobo, todos de acuerdo. Todos menos ellas. A ver cuando aprendemos que a las mujeres no se las debe tocar como si fueran guitarras, que lo que desean y necesitan es ser tocadas como si fuesen armónicas.

Entonces recapitulemos. Por un lado tenemos soberbia, envidia, lujuria (Voy a volver a poner la foto, que no me canso de ver ese par de aldabas), pereza, que no lo he dicho, pero somos más vagos que ese tío que era tan vago. Más soberbia, más envidia, gula, que esa es otra, comemos más que pacman, pero eso sí, a base de caterings, snacks, bocadillos y comida basura, nos bebemos hasta el agua de los floreros y nos fumamos lo nuestro, lo tuyo y lo de toda la población de Jamaica. Somos un poco golfos, de acuerdo, pero tampoco es que seamos mala gente, es que estamos preparados por si nos llaman para rodar la secuela de “seven”.

2

Adoro la música, pero no importa. Puedes seguir tocando.

El lugar perfecto para juzgar y condenar a un músico, reírte de su equipo y de paso ponerte borracho como un piojo es, y será siempre, un concierto punk, y es que la principal motivación de un punki nunca será su estilismo, la calidad de su equipo ni su técnica instrumental o vocal. Lo que ellos buscan es algo completamente distinto. Los grupos punk se forman en la calle, empujados por una necesidad reivindicativa. Después, si se puede, ya se conseguirán los instrumentos. Como local de ensayo sirve cualquier rincón, cualquier letrina. “¿No deberíamos aprender a tocar?” “No es imprescindible, ¡¡¡Tú dale!!!”

Los vemos por la calle con sus crestas, sus chapitas, su mugre, y no nos damos cuenta de que esa gente son unos visionarios. Llevan casi cuarenta años dedicando sus energías a hacer algo que nosotros (Por fin hay algo que agradecerle al gobierno) prácticamente acabamos de descubrir: Quejarse y protestar, pero no como hicieron los hippies, con paz, amor y mamarrachadas de esas, no, que así no te escucha nadie. A gritos, con mala leche y más mosqueados que un gato en una fábrica de sifones, como debe ser, que tampoco es que les vayan a hacer ni puñetero caso, pero al menos se quedan más a gusto. Yo les veía las caras y pensaba que iban todo el día “fumaos”, pero no, es que por lo visto eso de cagarse en todo lo que se menea desestresa más que mandar a la suegra al pueblo.

Durante  todos estos años he compartido con ellos escenario, calimocho, y algunas de las mejores anécdotas que mi cada vez más caduca memoria puede recordar. Como aquella ocasión en la que el señor Evaristo Páramos, vocalista del grupo “La polla records”, durante uno de sus conciertos en un precioso municipio de la provincia de Huesca llamado “Broto”, empezó a lanzar improperios contra la iglesia y sus demonios. La gente vitoreaba y aplaudía cada palabra. Todo iba perfectamente hasta que anunció su intención de quemar la ermita del pueblo, y su deseo de que todo el público asistente se uniese a tan “noble” causa.

Jamás vi a nadie correr tan deprisa y tan asustado. Invadieron el escenario, le lanzaron patadas, puñetazos y todo lo que tenían al alcance de la mano, piedras, botellines, mecheros… El concierto, por supuesto, quedó suspendido.

Minutos después, ya en la calle, un asistente me comentaba visiblemente alterado:”¡¡¡Si lo pillo lo mato. Yo soy muy anarquista y muy ateo, pero la ermita de mi pueblo es la ermita de mi pueblo, y no la toca ni dios!!!”.

Queda demostrado que, algunas veces, la gente debería pararse a escuchar su propia voz y meditar después sobre sus palabras y, ya puestos, replantearse también sus principios.

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Manolo, el paradigma.

De todos los punkis que conozco, el que más me ha llamado siempre la atención ha sido un cantautor aragonés que se hace llamar Manolo Kabezabolo. Es un tipo peculiar, desgarbado y poco hablador pero que, las pocas veces que abre la boca, sube el pan. Un ataque esquizofrénico le mantuvo ingresado durante bastante tiempo en un pabellón psiquiátrico, pero no es peligroso ni remotamente violento. Es simpático y agradable cuando te molestas en conocerlo, al contrario que las letras de sus canciones, que están cargadas de ironía y mala leche. No se le puede describir sin utilizar las palabras: ”tesón” y ”convicción”. Además tiene más corazón que cabeza, que ya es decir, porque el tío tiene cabeza para siete cuellos, que menos mal que no es un gorrión, porque si no iba a volar por los cojones, y de las orejas mejor no digo nada, que parece que tiene la cabeza entre paréntesis, que tiene orejas para siempre, que… En fin, habrá que parar. Perdóname Manolo, ha sido un “lexus”.

Le conocí, o mejor dicho, le vi tocar por primera vez, a finales de los 80 o quizá principios de los 90, en una sala zaragozana a la que solía gustarme ir cuando aún programaban conciertos de grupos noveles. Veinte duros me costó la entrada. Acostumbrado a las tres o cuatrocientas pesetas de media que solían cobrarnos por aquel entonces, me temía que muy bueno el concierto no iba a ser, pero el nombre me sonaba gracioso y decidí entrar con la idea preconcebida de que se trataba de algún tipo de cantautor humorista y que, al menos, me iba a reír.

Cuando le vi aparecer, en un lamentable estado etílico, vestido como si su ropa se la hubiese comido un burro a “bocaos”, con esa cara demacrada que parecía que acababa de cruzar el desierto, y sujetando el mástil de su roñosa guitarra como quien sujeta un salchichón, me esperaba cualquier cosa y, efectivamente, sucedió cualquier cosa.

Se acercó al micrófono, le dio unos golpecitos para ver si funcionaba correctamente, intentó poner un acorde en la guitarra, desistió y comenzó a  “cantar” con esa voz nasal y disonante que le caracteriza: “Señorías, su majestad el rey, su santidad el papa… ¡¡¡Cómanme el miembro!!!”.

La actuación apenas duró unos segundos más. Se le puso la cara como el cartón y comenzó a girar el cuello lentamente, como si buscase a alguien entre el público: “Escorbuto, tío, ¿Hemos recaudao? ¡¡¡Pues vámonos a casa que no veo ni el micro!!!”.

Aquel fue mi primer contacto con el que yo considero uno de los más originales cantautores de aquella década. Coincidimos, tanto arriba como abajo del escenario, en muchas más ocasiones, algunas memorables, como aquella vez en la que me preguntó si había estado en su último concierto y me salió del alma responderle: “Eso espero”, o esa otra en la que, viendo que el público abucheaba a un grupo, trepó hasta el escenario, visiblemente perjudicado o, como le gusta decir a él mismo: “Puesto hasta el culo”, y le robó el micrófono al cantante en mitad de una canción para gritar a pleno pulmón: “¡¡¡Josdeputaaaaa, no os metáis con mis amigos los parásitos!!!”.

¿Qué tiene que ver todo eso con el juego de esta semana, aparte de que su protagonista sea un punki? Pues absolutamente nada, pero es que con mi mente no se puede negociar. Va a su rollo. Empieza a divagar, y divagar, y divagar…

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… Y aquí quería yo llegar.

Ramón Rodríguez, que no tiene nada que ver con nuestro amigo Agapito aunque compartan apellido, nació en un aula cualquiera de un instituto cualquiera durante un día cualquiera del año 1982. Por aquel entonces era tan solo unos trazos de tinta en un cuaderno (sí, uno cualquiera). Fue cambiando de forma, tamaño y vestuario, ocupando hoja tras hoja, más tarde pasó a ser un montón de píxeles prácticamente inconexos en continua modificación hasta que, por fin, adquirió su forma definitiva en la pantalla de un ordenador. Un Sinclair ZX Spectrum de 48K para ser exactos. Este proceso, que duraría alrededor de tres años, acabó gestando uno de los personajes que mayor cantidad de horas y frustraciones  me hizo pasar delante de una pantalla.

Su creador, Jose Carlos Arboiro Pinel, diseñó un juego de plataformas de estilo clásico, sin scroll, con un concepto similar a “Manic Miner”, o al de programas de Dinamic software como “Profanation” o “Camelot warriors”, donde las trampas aguardaban camufladas y los enemigos patrullaban en táctica y completa sincronía, intentando que cada salto fuese una condena a muerte. Y lo era. Si los juegos que he nombrado pasaron a la posteridad, aparte de por su magnífica calidad, por su extrema dificultad, “Ramón Rodríguez” va un paso más allá, no en calidad, que flojea bastante si lo colocamos al lado de los colosos de Dinamic, sino en dificultad, obligándonos a realizar movimientos milimétricos y consiguiendo una simbiosis prácticamente perfecta entre diversión y querer decapitar al programador con un hacha oxidada (Sé dónde vives, chaval).

Encontrar un argumento creíble para este juego es una misión más bien complicada. No se me ocurren muchas situaciones en las que un punki acabe prácticamente desnudo, visitando unas cavernas infestadas de gusanos-bocina y serpientes-piano, pero lo cierto es que en aquellos tiempos estábamos más que acostumbrados a cosas así. Cuando uno quiere divertirse sin más, no le anda dando vueltas a esos detallitos, la verdad.

Nuestra misión es sencilla, al menos en teoría. Deberemos localizar y memorizar la ubicación de unas calaveras azules colocadas por todo el mapeado, para más tarde encontrar unas llaves que las hagan desaparecer, dejando libre un hueco por el que poder cruzar a nuevas zonas. Así, paso a paso, y ayudados por unos teletransportadores que vete a saber quién los ha dejado ahí, deberemos ir avanzando a través de 50 pantallas hasta conseguir que nuestro protagonista escape.

Aparte de los enemigos pululantes deberemos tener especial cuidado en esquivar lanzas, antorchas y las ya citadas calaveras de color azul. Algunos suelos también estarán en nuestra contra, desapareciendo en el mismo instante en el que pongamos un pie sobre ellos. Por fortuna son fáciles de detectar, puesto que tienen un grosor bastante menor que el del resto. No nos matará la altura, pero nunca se sabe dónde puedes caer.

Puede que «Ramón Rodríguez» no sea una obra maestra pero, teniendo en cuenta que es la ópera prima de un chico de 16 años, no creo que se le pueda exigir mucho más, y oye, que en peores plazas hemos toreado. Además, cuando yo lo jugué, no sabía nada de esto y me dio absolutamente igual. Disfruté más que un crío chafando charcos.

Gráficamente no resulta espectacular, pero cumple a la perfección, con detalles muy simpáticos en algunos enemigos, o en la animación de nuestro protagonista aleteando cual pajarillo. Los escenarios son simples pero agradables a la vista, con algunos momentos destacables, como encontrarse inmerso en las instalaciones de un canal de televisión, en un bunker alemán, o haciendo despegar al Discovery de su lanzadera espacial. El hecho de que el riachuelo de sus niveles inferiores sea de «agüita amarilla cálida y tibia» también es un detalle curioso. Tanto, que consigue que me ponga a pensar dónde irá.

El punto más flojo del juego, sin duda, es su música, no por mal realizada, sino porque es absolutamente imposible de detener. Se puede cambiar la melodía, pero igualmente acabas con la cabeza como la niña del exorcista. A ver, tú, modorro ¿Qué te costaba programar una teclita ahí. Un interruptor. Un poner/quitar. Un algo. Un loquesea? Nada, dos minutos tardabas. Y además vas y me pones Tchaikovsky en un juego de punkis. Tú hoy te vas a llevar un hachazo, ya verás…

Empiezo a escribir y se me olvida que ahí, al otro lado, la gente tiene mejores cosas que hacer que leer los estúpidos artículos que puede llegar a crear la mente de un músico en decadencia, así que me marcho del mismo modo que llegué. Con una pregunta, una respuesta y un grito recorriéndome las venas:

¿Existe algo más frustrante que pasar horas y horas intentándo pasarse un juego y no conseguirlo? Definitivamente sí. Ver cómo llega un tío y se lo acaba en nueve minutos.

Written by: Cropan

8 Comentarios Added

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  1. Genial el articulo, eso de tener la cabeza entre paréntesis me ha matado.
    Del juego no recuerdo gran cosa, solo que era jodidamente difícil. Tendré que darle otra oportunidad aunque sea a base de pokes 🙂

  2. Muy divertido… recuerdo haber echado horas con éste juego pero no pude acabarlo (en aquellos tiempos, lo de acabar los juegos era prácticamente una leyenda).

    Además… me ha venido a la cabeza un recuerdo disparatado con un amigo que también decidió dedicarse a la música. Éste no era punki… estaba más orientado al «noise» y recuerdo que me dijo «si, hemos creado un grupo… yo toco la taladradora!» Joder eso acojona.

    Más tarde se compró un bajo aunque de música sabía lo mismo que yo de física nuclear vamos.

    En fin, que me lo he pasado muy bien con el artículo, y acabo diciendo… vaya pinta de niño bueno tenía el pobre programador 😀

  3. Jodeeeeerr… esto sube el nivel mucho mucho…. dioses que introducción mas dura.. y el jueguecito se las trae, no lo había visto en mi vida, pero si que es verdad que los punkis son unos seres curiosos…
    En fin, eso de que alguien se lo pase en 9 minutos toca partes sensibles, que le vamos a hacer, nos pasa a todos….

  4. Me alegra saber que os ha gustado. Lo que me descoloca un poco es que nadie haya comentado aún la foto de la muchacha. 😛

  5. Y otro más a engrosar nuestra lista particular. Te has empeñado en hablar de juegos que ni conozco y con unas introducciones que… que voy a decirte, pues lo de siempre: me guuuustan.

    Curioso, 16 añitos y ya hacía jueguecitos para Spectrum. Yo a esa edad, estaba a otras cosas la verdad.

    Por cierto, ¿y tú que tocas? me refiero a que instrumento, digo… musicalmente hablando.

  6. Gabi, soy batería, aunque también toco la guitarra, el piano y alguna otra cosilla por ahí. Pero no te creas, fuera de la percusión soy bastante regulero tirando a malo.

  7. Genial artículo, lo que me he reído y en cuantos detalles me he visto reflejado 😀

    Un detalle: la música no se podía quitar, pero sí se podía cambiar. Creo que era pulsando las teclas del 1 al 4, y había varias melodías distintas… incluso una de Wham!. No lo decían en las instrucciones, por lo que aluciné cuando lo encontré.

    Saludetes

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